El poder del inconsciente es un destino inesperado 

2020-02-24

    Por: Jesús Salvador Guirado López  


      En la vida psíquica consciente del sujeto el proceso de comunicación humana es legitimado reconociendo una única intención en el uso del lenguaje. De tal manera que cuando decimos una palabra por otra, para esta forma de pensamiento, solo es eso, haber dicho una palabra por otra por “equivocación”. El hablante dice: “no quise decir eso, lo que quise decir es…”, restando importancia a la palabra  primeramente utilizada que realmente no es equivocada y sí es una palabra valiosa, autentica y rebosante de significado. La realidad es que el sujeto es hablado por la palabra. El lenguaje nos precede. Al nacer el sujeto se encuentra con que las palabras ya tienen un significado en el que estamos atrapados. Nos encontramos enajenados por un lenguaje que además resulta insuficiente para expresar los significados de nuestro decir. Es común la frase: “No tengo palabras para decirte…” 

       El proceso dialógico reconocido en la forma tradicional es conocido como teoría de la comunicación humana. En el pensamiento clásico de este modelo existió en un primer momento un emisor que enviaba un mensaje a un receptor dándose por terminado el proceso de comunicación una vez llegado el mensaje reconocido con un único significado y sentido. 

     Desde tal perspectiva existía un circuito en donde el mensaje enviado por este emisor era único y terminaba al ser recibido por el receptor. Después de algunos años, este modelo comunicativo sufrió una transformación al concebir un segundo momento de la teoría de la comunicación humana, donde ahora el receptor recibe el mensaje, y su reacción lo convierte en emisor y ahora es posible identificar un nuevo mensaje devuelto al anterior emisor ahora convertido en receptor y así sucesivamente. Este fenómeno surgido de la teoría sistémica es conocido como circularidad. Es decir, es un proceso de comunicación reconfigurado en una nueva relación emisor-receptor. receptor -emisor  ambos en un nuevo contexto especifico. 

      Sin embargo, la teoría psicoanalítica reconoce un nuevo proceso de comunicación a partir del inconsciente, donde a través del mensaje verbal que emerge del estado de conciencia del emisor enviado al receptor, contiene subrepticiamente  “otro” que lo sustituye aun en contra de la voluntad del emisor. Un ejemplo tradicional es posible observarlo en los lapsus del lenguaje, donde es perceptible comúnmente al tratar de dirigirnos a una persona de nombre “Juan” espontáneamente y sin motivo aparente lo llamamos “Jose”. ¿Porque ocurrió esta equivocación? El inconsciente está estructurado como lenguaje.

       Es común restar importancia a este lapsus y asumir que resulto de una equivocación inofensiva y sin sentido. Nada más incierto. Decía Freud: “un acto fallido es un  acto perfecto”. El aparente lapsus a través de nuestra palabra es un mensaje que es encuentra en nuestra reserva inconsciente, esa instancia psíquica reconocida desde los filósofos griegos hasta el pensamiento moderno. El inconsciente, claramente visible en estos actos fallidos, está siempre dirigiendo las decisiones de nuestra vida cotidiana aunque no lo reconozcamos. Las determinaciones más importantes del individuo son tomadas deliberadamente desde dicha entidad psíquica.                  

    ¿Porque estudie esta profesión?, ¿porque escogí a esta persona como pareja?, ¿porque trabajo en ese lugar?, ¿porque respondí que sí, cuando en realidad quería decir no?, ¿porque cometo siempre los mismos errores?, ¿porque busco el placer en donde recibo dolor? La respuesta a estas interrogantes no es arbitraria ni azarosa, tiene un sentido y es una decisión celosamente resguardada en la misteriosa reserva del inconsciente que anida en la estructura más profunda de nuestra personalidad y brota en el lenguaje de una manera aparentemente inexplicable. Desde nuestra conciencia inocentemente escuchamos una voz: “no quise decir eso”.

       Inconsciente es destino. El lenguaje es un ejemplo de cómo esta entidad psíquica opera fuera de control de la dimensión consciente. Es así que siempre vamos por ahí tomando decisiones en la vida que las consideramos producto de una elección consciente sin que esta lo haya sido. Y en retrospectiva de pronto nos percatamos que son las mismas decisiones que han ido forjando nuestra historia de vida. El gran misterio es la forma en que está organizado el inconsciente para desplegarse a través de los actos del sujeto. Es posible que podamos observar al inconsciente en forma de síntoma en algunos rasgos de nuestra personalidad. En una neurosis obsesiva por ejemplo con una necesidad extrema por la limpieza o el impulso de tocar dos veces un objeto al pasar. O una neurosis histérica mediante  desmayos o sensaciones hipocondriacas a través de dolores de cabeza o en extremidades corporales sin causa o motivo de salud aparente. También en fobias y manías. 

          El inconsciente acecha en la vida cotidiana. Pero a pesar de la poderosa influencia de este proceso en la vida interna del sujeto, este tiene la posibilidad de conocerse a sí mismo en el porqué de estas necesidades profundas que irrumpen modificando las determinaciones de las personas sin entender su origen. 

          Las necesidades que constituyen al inconsciente tienen sustento en los distintos eventos que integran la historia familiar del sujeto. El descubrimiento de tales acontecimientos, algunos de estos anulados de nuestra conciencia por traumáticos y dolorosos, permiten al individuo en la medida de lo posible el control del síntoma o de la conducta que puede estarnos afectando en nuestras relaciones con los demás o liberarnos de viejos fantasmas del pasado que por no estar conscientes de su presencia en nuestra psique nos mantienen angustiados.