Una postal desde Nepal: La vida desde el campamento base del monte Everest.

2018-04-16

Mi mayor sorpresa con el Himalaya es que es completamente distinto a como lo idealizaba: tenía la idea de que casi en su totalidad del trayecto me encontraría de frente con una tundra nevada, pero Sagarmartha en gran parte está conformado por un terreno boscoso; sabía que era una cordillera grande, pero mi imaginación no podría recrear tales dimensiones todavía; también fue una grata sorpresa conocer un poco sobre los secretos de la fascinante cultura Sherpa.

 

El traslado hacia Lukla fue una locura. Es el aeropuerto con mayor índice de accidentes por vuelo -el más peligroso del mundo- según tengo entendido. Siendo sincero fue un dato que pasa desapercibido una vez que ver las cumbres desde la ventana de la avioneta por encima de las nubes y del rango de altura de vuelo de nuestra nave. Te dominan todo tipo de emociones, la euforia recorre cada fibra de tu cuerpo, algo en dentro de ti cambia, mi amigo, te lo juro.

 

Si bien el Everest es el protagonista, imponente y colosal, el Himalaya es mucho más que esa montaña: hay más de cien cumbres por encima de los 7 mil metros sobre el nivel del mar, diferentes rutas, lagos y aldeas. Terminan siendo infinitas las posibilidades.

 

Sumado a eso, cada viajero viene con un motivo o una suma de motivos distinta. La frase cliché “no escales la montaña para que todo el mundo pueda verte, sino para que tú puedas ver a todo el mundo” siempre me ha parecido carente de sentido y hoy más que nunca, pues detrás de un ascenso hay cosas de mayor importancia que la opinión de terceros o una contemplar una bonita vista: hay un reto con uno mismo.

 

Las bases del reto se componen de sueños, entrenamiento, ahorro, disciplina alimenticia, es decir, todo tipo de preparación física y mental al alcance, que te empujan a moldear una mejor versión de ti mismo.

 

A final de cuentas la sustancia o el concepto lo entendido por “montaña” transmuta a un complejo término subjetivo y superarse a uno mismo pasa a plano prioritario. No menos importante está la gente que te acompaña y los que vas conociendo en tu camino, a final de cuentas eso te ayuda a conocer mejor el mundo y reconocerte mejor a ti mismo. La verdadera experiencia del Himalaya no es en solitario, siempre se comparte.

 

Sabes que no me gusta alardear sobre el tema, pero encuentro demasiado narcisista entrenar con mera finalidad estética. No digo que esté mal, supongo que de algún modo la mayoría nos orillamos a iniciar una vida saludable, para vernos mejor, pero transformar hábitos es un proceso muy lento, de muchos sacrificios y de muchas caídas que llega a ser un tanto agobiante si nuestra motivación principal está en verse al espejo todas las mañanas.

 

Pienso firmemente que es bueno darle sabor con metas a corto plazo que ayuden a lidiar con la monotonía que implica la rutina: una competencia, entrenamientos variados, algún tipo de ejercicio donde puedas medir tu desempeño sobre tiempo, actividad física funcional, o por qué no, una montaña.

 

La montaña, la montaña… Hermano, no todas las lágrimas se derraman en el nombre de la tristeza, la felicidad también puede hacerte llorar. No estaría mal si todos nos diéramos un tiempo para conocernos mejor y descubrir qué es lo que nos causa verdadera felicidad.

 

Lógicamente, no tengo un formulario en mis manos con los pasos para lograr la felicidad, man, cada cabeza es un mundo, cada caso es único y la felicidad puede representar cosas completamente distintas para cada quien.

 

Recuerdo que en el Noveno día del recorrido, nos tocó salir de excursión de madrugada al Kala Patthar. El frío me hizo despertar al filo de la madrugada, un poco antes de que sonara la alarma; tomamos nuestras mochilas y salimos en busca del amanecer entre rocas y hielo a unos  -20° que sentía hasta los huesos. Tanto celular como cámara de acción se congelaron y dejaron de funcionar, el único recuerdo de esa madrugada está plasmado por siempre en mi memoria.

 

Por el techo abierto se podía apreciar toda la inmensidad del firmamento postrado ante las montañas del Himalaya. Las puntas de las cumbres brillaban con un cerúleo intenso al recibir los primeros rayos del sol, emanando poco a poco un vapor desmenuzado con el que se formaban las primeras nubes del día.

 

Cada instante que el cuerpo me exigía detenerme a agarrar aire y frenar mi ritmo cardiaco, caía en cuenta del lugar en donde estaba, de cuánto había soñado con ese momento y cuanto me había preparado para ello, no pude evitar realizar el recorrido con los ojos empapados. Esos momentos de la vida valen más que cualquier carro del año o cualquier ropa de marca, en momentos como ese he encontrado mi felicidad, por todo el proceso que hubo detrás.

 

Te escribo de noche. Ahora estoy en un Lodge en el remoto Namche Bazaar, así se les llaman a las cabañas donde se duerme por una módica cantidad (poco menos de 20 pesos mexicanos) con la condición de cenar y desayunar ahí.

 

En estas acomodaciones, familias Sherpas abren las puertas de sus casas a viajeros de todo el globo. En gran parte de ellas llegas como invitado y te vas como amigo. Casi todas se componen de un gran comedor con mesas alrededor de calentón de hierro macizo y viejo postrado en medio que recuerda un tanto a la forma de los de las caricaturas de los años 70’s, los anfitriones insertan carbón, hierbas y piedras. Por lo general se prende a la hora de la cena y en algunos afortunados casos también por las mañanas.

 

En el figón se reúnen los viajeros para matar el tiempo. Anécdotas, experiencias, consejos forman parte del sonoro murmuró que cesa a eso de las ocho de la noche, cuando todos pasamos a los cuartos a dormir. Un bebé nepalí me mira fijamente escribir, sus ojitos rasgados se clavan en el vaivén de los movimientos de mi mano izquierda que forma líneas, figuras y símbolos carentes de todo sentido para él. A diferencia de los Sherpas, el bebé nepalí no encuentra en mi fisonomía rasgos hispanos, para él soy un personaje más entre su campo de visión, no conoce ni tiene prejuicios de nacionalidades ni de fronteras. De algún modo lo envidio.

 

Tal vez solo quiera la pluma, analizarla unos segundos para luego llevarla a la boca, algo propio de los bebés. Sus manitas intentan recrear las figuras en el aire, se percata que ahora yo lo observo y me sonríe. Me hace imaginar la vida en un sitio tan remoto, algún día el bebé nepalí crecerá, y probablemente se dedique a atender el Lodge de la familia; será comerciante, tal vez portero, guía, incluso, ¿abogado? Pensándolo bien, cómo que tenemos oportunidades allá en México, mi hermano.

 

Cuando el calentón está apagado si es de día, tenemos que lidiar con el frío tendiéndonos al sol, lo bueno de esto es que así también podemos secar las primeras capas de ropa que siempre están húmedas por el sudor de las caminatas.

 

Los sherpas y los yaks cargan en sus hombros materias primas y toda clase de artículos durante jornadas kilométricas desde aldeas cercanas a Namche, por lo que a excepción de la comida y hospedaje, lo demás se convierte en un lujo. A medida que vamos ascendiendo, todos los servicios se hacen menos baratos y limitados.

 

Para beber agua usamos pastillas y/o popotes purificadores, pues las botellas de agua son demasiado caras y el agua de los ríos no está contaminada todavía. Recuerdo antes de llegar me preguntaba cómo sería tomar un baño con las temperaturas bajas de los sitios altos, pero después de los 4 mil msnm uno solamente conoce el “baño ruso”, el ritual se realiza con toallitas húmedas o cualquier prenda semi mojada. No me he bañado en más de una semana.

 

La verdad a nadie le importa el olor o la apariencia de los otros. Todos estamos en las mismas condiciones de poco aseo y vernos con las mismas ropas, pues nadie en su sano juicio traería más del 10 % de su peso en equipaje y eso implica traer algo así como un máximo de un par de pantalones y manga larga térmicas, otro más de las prendas superiores, tres pares de calcetines y ropa interior, un cambio impermeable y la chamarra rompe vientos. A pesar de que ya nos acostumbramos a todo tipo de olores, en veces me sigue costando un poco el del curry.

 

La comida es buenísima (o el hambre después de las largas jornadas hacen que todo parezca más delicioso de lo normal), acá casi la totalidad de platillos es vegetariano y no puedo mentirte, a pesar de que el cambio de dieta ha sido un factor de desgaste más, la alimentación sin carne no es tan mala como pensaba.

 

En la mayoría de los platillos Sonorenses abundan proporciones colosales de carne. No exagero al decir que en un solo día en casa consumo más cantidades de alimentos de origen animal que las que he comido en todo el viaje.

 

Por ahora la llevo muy bien con el Dal Bhat, un platillo que consiste en sopa de lentejas, arroz y curry; los fideos con vegetales, el arroz frito, todo tipo de papas asadas y a la sopa de ajo (que por cierto, según los sherpas es un remedio para el mal de montaña).

 

Para mi suerte acá también tienen tortillas de harina de trigo, les llaman Chapati y es tan bueno como el de la región del Mayo.

 

En sí, la dieta Sherpa es altísima en carbohidratos, conveniente para aguantar las caminatas. Una de las reglas de oro Sherpa es: toma agua antes de que tengas sed y come antes de que tengas hambre.

 

Para la producción de energía eléctrica, las cabañas utilizan paneles solares, motivo de que la carga de dispositivos cueste y esté limitada a pocas horas, aunque en las caminatas en lo último que pensarás será en tu celular, la determinación te envuelve a tal grado que no te importará en lo más mínimo pararte constantemente a tomar fotos salvo en los casos más peculiares.

 

Tal vez mencioné algunas de las carencias pero no con la finalidad de sonar pesimista, no son tan malas como pueden parecer, a final de cuentas, todo es parte de la experiencia y aunque suene extraño, terminas disfrutando.

 

Para matar tiempo no hay nada mejor que jugar cartas (man, soy malísimo para las cartas), especialmente ese llamado “shithead” que tanto les gusta a los europeos, se convirtió el payaso de rodeo de los juegos de baraja, simplemente no termino de entenderlo. También se mata el tiempo con paseos cortos alrededor de las aldeas, subiendo pocos de cientos metros a montañas cercanas para aclimatar mejor. Sube alto, duerme bajo, otra regla de oro Sherpa para la correcta aclimatación.

 

Las jornadas de ascenso pueden variar de intensidad y longitud, pero en todos los casos hay que llevarla tranquilo, a pesar de que te sientas bien y que puedes dar más, no debes forzar tu cuerpo para no exigirle mayor cantidad de oxígeno de la que puede obtener. A partir de los 4 mil msnm apenas el 60 % del aire que respiras es oxígeno y cada vez el cuerpo se cansará más rápido a menor esfuerzo.

 

No importa si tienes una excelente condición física, o una gran resistencia muscular, del mal agudo de montaña no se salva nadie. La capacidad del cuerpo a adaptarse gradualmente a la altura, depende tanto de los días de descanso en los que le das a tu cuerpo tiempo para producir glóbulos rojos y factores genéticos fuera de nuestro control.

 

Todos los días y a todas horas hay evacuaciones por helicóptero por el mal de altura. En el mejor de los casos el seguro cubre todo, en desafortunado caso de no contar con uno, te costará hasta 90 mil pesos y en el peor de los casos te cuesta la vida. Escucha a tu cuerpo y llévala tranquilo y no tendrás ningún problema.

 

Pero tanto hablar de la montaña me deja pensando si ya cambió mi concepto sobre la montaña desde que empecé a escribir estas líneas… la montaña, el sherpa, los chapati, el té de limón por las mañanas, la letrina, los momos, el bebé nepalí, el yak, los baños rusos, el ohm, el aroma a incienso de canela mezclado con el curry, sashi…!tras!, un plato en la mesa, noodles con vegetales otra vez, el lodge tiene de música de fondo cantos tibetanos, creo que ya empecé a agarrarles gusto.

 

No sé si sea por la falta de oxígeno pero los sueños se hacen cada vez más vividos. En ellos me encuentro con mi familia y amigos, por lo generalmente en reuniones felices y despierto extrañándolos. También he soñado con la navojoense morenita de ojos bonitos; créeme, mi estimado, que me ha tocado ver a mujeres de nacionalidades que presumen tener mujeres hermosas, pero en ningún rincón del globo he encontrado la gracia y el encanto de las sonorenses. Podría afirmar que las mujeres más bonitas del mundo son las de Sonora.

 

Te seré sincero viejo, también he conocido el miedo, caer en cuenta que un error en verdad te puede costar la vida. En una de mis rutas de descenso ya en solitario, me adentré en la ruta hacia el Valle Gokyo, guiado por indicaciones de sherpas del asentamiento Lobuche tomé una ruta alterna pues la principal representaba mayor peligro debido a las recientes nevadas.

 

Eran medio día y tenía desde las cuatro de la mañana en pie habiendo recorrido más de 20 kilómetros. La ruta hacia el pueblo a donde debía llegar era de dos horas lo que no me pareció mucho pues de llegar podría formar un equipo para ir hacia Gokyo esa misma noche, lo que me ahorraría un día completo de espera.

 

Ya un poco mareado, por lo exhausto física y mentalmente, el camino se iba haciendo más peligroso: tenía un margen de aproximadamente un metro de ancho para caminar y lo demás era cuesta abajo en la montaña.

 

Puede que el malestar haya sido producto de la desesperación de tanto tiempo sin ver gente pues caminé una hora sin ver a absolutamente nadie y la vereda se borraba a ratos por lo mojado y por las recientes nevadas. «Si no veo a nadie después de esta montaña, me regreso» me dije a mí mismo durante tres montañas seguidas sin obtener respuesta favorable.

 

Al cruzar por las faldas del Cholatse y voltear hacia la cima, me dio un vértigo fuertísimo a grado de decidir ignorar esa montaña durante todo el trayecto, manteniendo la mirada abajo buscando indicios del camino, incluso puse un poco de música para animarme, pero no podía engañarme, no me sentía del todo bien.

 

A eso de hora y media en la ruta, llegué hacia lo que parecía ser una ciudad en ruinas. Solo quedaban en pie las bases y cimientos de lo que en algún tiempo fueron casas, probablemente devastadas por el terremoto del 2015.

 

En ese lugar me envolvió una neblina y la desesperación se hizo más grande, no recordaba que me hubieran mencionado esos vestigios en algún momento. «A lo mejor el lugar al que voy está encima de alguna de estas montañas» pensaba, pero ya estando a los 5,000 metros sobre el nivel del mar uno no puede malgastar energías para subir más montañas con la finalidad de comprobar, lo más seguro es seguir avanzando en el terreno parcialmente plano.

 

Afortunadamente estaba en el camino correcto y tras 10 minutos de andar pude ver banderas que me anunciaban la llegada al pueblo. Si sentí desesperación en esas condiciones, ahora no quiero imaginarme lo que sienten los montañistas que se quedan atrapados o perdidos por encima de los 7 mil msnm donde los niveles de oxígeno son todavía menores y las posibilidades de ver gente, nulas.

 

Ahora el bebé nepalí se ha dormido en el regazo de su madre y me pregunto con qué soñará. ¿La leche de yak? ¿Formas a partir de estímulos como los ciegos? ¿Soñará algún día con la montaña? De algún modo envidio lo cómodo y caliente que se ve y me pregunto a mí mismo otra vez por la montaña. Ya mañana, habrá otra montaña.